SAINT-ÉMILION





¡VISTA PRIVILEGIADA!
Algo que no nos podemos perder es el increíble panorama de la ciudad rodeada de sus viñedos y que han perfilado su paisaje a lo largo de los años.
¿Qué sería de Saint-Emilion sin sus viñas que tanta fama le han otorgado a nivel mundial? Estos viñedos nos permiten presenciar un paisaje realmente mágico y cambiante de color a lo largo del año. En primavera lo veras de verde intenso para en verano asomarle su fruto más preciado. En otoño muda su color al típico óxido de esta temporada y termina nudo y natural en los meses de invierno.
Desde la
terraza de la Place du Clocher no perdemos detalles de esta estampa única y
maravillosa que se nos abre ante nosotros para deleite de nuestra retina y
captura fotográfica que seguramente será la candidata a foto del año.
Nos
encontramos literalmente “colgados sobre su genuino centro histórico”,
destacado con su piedra de color rubio. En un abrir y cerrar de ojos apreciamos
su reducido perímetro confiriéndole idiosincrasia.
Divisamos la destacada Torre del Rey, única torre del homenaje que se conserva en la región de la Aquitania. La “Jurade” que es una hermandad vitícola, se reúne en su cima vestida con sus trajes de gala de color rojo vino para proclamar los Nuevos Vinos y su Clasificación en junio y anunciar la vendimia en septiembre. De esta forma tan festiva promocionan sus vinos por el mundo.
Sabías que la “Jurade” fue instituida en el s. XI por el Rey de Inglaterra Juan sin Tierra
De espalda a nuestro mirador vemos la Oficina de Turismo. Ocupa el antiguo refectorio del monasterio de monjes agustinos que se instalaron en la ciudad en la parte alta, principalmente religiosa. Al lado hay un arco que nos invita a entrar para descubrir un lugar fascinante. Se trata del claustro, el punto alrededor del cual se articulaba y distribuía la vida monástica. Era el lugar para el descanso y regocijo. Su jardín en el centro simboliza su particular paraíso. Servía también de sepulturas para la élite local y religiosa que puedes ver algunos en dos sus laterales.
Su riqueza arquitectónica reside en su proliferación de columnas rematadas por capiteles cuyos motivos y decoración nunca se repiten.
Place du Clocher
¡PEQUEÑITO Y REDONDO, PERO IRRESISTIBLE!
Una de las razones para venir a Saint-Emilion es degustar una de sus principales especialidades locales. Este bocado se ha transmitido a través de generaciones de manera tradicional desde que las hermanas Ursulinas establecieran su convento en Saint-Emilion hace exactamente cuatrocientos años.
Las religiosas de la Orden de Santa Ursula, una de las cinco órdenes que se establecieron en la ciudad histórica de Saint-Emilion, tuvieron como principal objetivo enseñar gratuitamente a las jovencitas de las familias más humildes.
Hoy el convento ha desaparecido, solo quedó su fachada y el aroma de su receta que impregna las calles de Saint-Emilion.
La leyenda cuenta que una de las hermanas, viviendo en la pobreza después de la Revolución, propuso desvelar la receta de las monjas ursulinas a cambio de un techo y comida. La receta se convirtió muy pronto en la especialidad del pueblo de Saint-Emilion, a saber, un delicioso pastelito redondo y blandito hecho a
base de almendras dulces y amargas, clara de huevo y azúcar.
Su reputación está bien establecida y ningún fabricante ha logrado alcanzar la calidad de los macarrones elaborados con la receta de las monjas de Saint-Emilion excepto los producidos en Saint-Emilion.
Muy pronto esos macarrones trascendieron fronteras. En la Exposición Universal de 1867 esas pequeñas exquisiteces fueron degustadas por el jurado que no dudó en premiarla.
Menos coloreadas que los macarrones parisinos, tiene un olor cálido y particular a almendras. Su fina capa dorada de arriba es ligeramente crujiente.
Cada pastelito viene cuidadosamente envuelto en papel dentro de un caja que desembalamos cual tesoro de su cofre.
Te recomendamos adquirirlas en:
Parvis des Thés en 1 Place Ploceau donde podrás degustarlas en su salón de té o adquirirlas en la tradicional Macarons de Saint-Emilion-Nadia Fermigier en 9 Rue Guadet quienes las producen diariamente. Han sabido
reproducir escrupulosamente la receta tradicional legada por las Hermanas Ursulinas con productos frescos y sin utilizar ningún colorantes ni conservantes.
Se degustan con café, espumante o vino.
Los verdaderos macarrons de Saint-Emilion se conservan durante 15 días en los bajos de tu frigorífico. Conviene sacarlos una hora antes de su consumo.
¡ELIXIR DIVINO!
Saint-Emilion está indisolublemente asociado a su vino. El fruto de su tierra has traspasado frontera y se ha ganado fama y reconocimiento mundial.
El resultado es el primer viñedo inscrito al Patrimonio Mundial de la Humanidad. Según la Unesco, Saint-Emilion es un “ejemplo destacado de paisaje vitícola histórico que ha sobrevivido intacto”. Todo un orgullo para esos artesanos que han dado forma y preservado el terruño. El hombre de la mano de la naturaleza ha avanzado juntos y desarrollado la cultura de la vid desde hace ya 2000 años.
La riqueza del terruño de Saint-Emilion se define por la simbiosis de cuatro elementos naturales:
Suelo arcilloso, calcáreo, arenoso y gravoso bañado por los 2 principales ríos del SO de Francia.
Microclima continental templado sin cambios bruscos de temperatura y precipitaciones repartidas todo el año.
Merlot es la variedad de uvas que se establecida como favorita por su fragancia, a las que se le ha asociado Cabernet Franc por su gran aroma y Cabernet Sauvignon por sus potentes taninos.
El “savoir-faire” único de sus viticultores que crearon el primer sindicato de Francia cuyo principal objetivo es acercarse a la excelencia de los vinos Saint-Emilion.
Encontrarte en esta fabulosa población es además una oportunidad única para llevarte su principal reclamo con el que el Dios Baco agasajaba a sus invitados. Si en la Edad-Media la producción se exportaba a Inglaterra o era un consumo de lujo para la aristocracia local, hoy todo buen comensal que se precie no se resiste a una copa de vino, recomendable para la salud por ser antioxidante y por formar parte de la dieta mediterránea.
Las tiendas de vino, auténticos templos dedicados a ese suntuoso caldo invaden la ciudad que vive del vino, que respira vino. Puedes incluso degustarlos en las “caves”. Se tratan de bodegas cavadas bajo el suelo calcáreo donde el vino se mantiene siempre a una temperatura constante de unos 13 grados, protegidos de la luz solar y de las vibraciones. Bajar a esas cuevas merece una vista que te llevará poco tiempo. Te recomendamos “le Clot des Menuts” situada en 2 Place du Chapitre et des Jacobins.
¡VESTIGIOS DE UN PASADO GLORIOSO!
Hubo un tiempo en que Saint-Emilion gozó de buena posición entre el estamento religioso. El arzobispo de Burdeos que terminaría convirtiéndose en anti-papa cuando fue nombrado primer Papa de Avignon tenía un sobrino al que nombró cardenal y primer decano de los canónigos agustinos de Saint-Emilion. Eso sí que es “nacer con estrellas” porque otros nacen estrellados. También parece que Burdeos gozó de buenas relaciones pontificias cuando otro papa predicó por primera vez la Primera Bruzada desde su catedral.
El tal sobrino, por supuesto disfrutó de una lujosa y confortable residencia conocida como Palacio Cardenal.
Por desgracia hoy solo se conserva la fachada del llamado excesivamente palacio. Todo hace pensar en una mansión a la que no le faltaba ningún lujo como atestiguan la presencia de conductos para las letrinas que podrás contemplar en el foso del palacio, Baja y podrás ver sus salidas de cerca
¿Sabías que el foso fue cavado por sus habitantes rodeando Saint-Emilion y con las piedras extraídas edificaron el kilómetro y medio de sus murallas?
La fachada del palacio Cardenal constituye parte de la muralla de la ciudad que fue construida al mismo tiempo. Pero el propósito principal de este edificio no era defensivo sino la exhibición de riqueza a los ojos de los comerciantes y de los peregrinos en tránsito por la ciudad.
Palais Cardinal Chemin des Fossés
A poquitos metros sobre nuestra derecha haciendo esquina con Avenue de Verdun podemos contemplar un friso de la “Gran Muralla”. Como en el caso del Palacio Cardenal, corresponde a los vestigios de un inmenso convento de la orden mendicante de los dominicos. Esa austeridad característica de la orden no se vio reflejada en su arquitectura por lo hace pensar que la orden no era tan pobre como lo exigía la Regla.
Al principio de la Guerra de los Cien años contra los ingleses, las tropas francesas encontraron refugio en el convento. Además, estaba idealmente situado para puesto de observación y frente de batalla. Los dominicos que ya no se sentían a salvo abandonaron el convento que fue posteriormente destruido.
Lo fotogénico de este vestigio es que está al borde de los viñedos.
¡SANTO PATRÓN DEL VINO!
Hace ya mucho tiempo Emilion de oficio intendente, conocido por su gran caridad y generosidad daba pan a los pobres a escondida de su señor que quería cogerle con las manos en la masa. Teniendo los bolsillos llenos de pan, aquel le pidió que se los enseñara y por milagro Emilion los había cambiado por trozos de madera.
Ya convertido en monje, Emilion tuvo que abandonar el lugar por la gran afluencia de pelegrinos llamados por sus milagros.
Decidió entonces abandonar su hogar y familia para vivir como un ermitaño en la más absoluta soledad y dedicado al rezo.
Su peregrinaje le trajo hasta un bosque donde se instaló en una cueva que cavó con sus propias manos convirtiéndola en una ermita que con el paso del tiempo se convertirá en un importante centro de peregrinaje y dará lugar al nacimiento de una población que llevaría su nombre, Saint-Emilion.
Después de su muerte es enterrado en la roca por sus fieles junto a la cueva
Pronto la Iglesia se convierte en parada del Camino de Santiago atrayendo a los pelegrinos con la “vita”, el manuscrito que cuenta la vida, milagros y leyendas en torno a Saint-Emilion y de paso generar recursos para la comunidad.
Estando en su cueva llegó un grupo acompañando a una ciega. Ella había soñado que el santo hombre hacía la cruz con su mano entre sus ojos y le suplicaba ahora de cumplir con su sueño. El ermitaño cumplió con su deseo y la ciega recobró la vista.
Cuando Saint-Emilion llegó a su ermita, no existía agua. Hoy podemos ver como se llena una fuente a la que se accede desde su cueva por una escalera en cuyo pilar una inscripción nos recuerda que allí descansa sus restos. La pared bajo la escalera está llena de inscripciones de reconocimientos al santo por el poder de curación de sus aguas.
El sillón del santo es un asiento de fecundidad. Quien quiera quedar embarazada no tiene más que sentarse y esperar a los 9 meses. Se cuenta que Leonor de Aquitania se sentó allí antes de engendrar a su hijo Ricardo Corazón de León.
Ermita de Saint-Emilion
Place du Marché
Visitas solo bajo reserva en la oficina de turismo de Rue du Clocher
¡VAMPIRO DE LOS MARES!
Saint-Emilion combina perfectamente el destino histórico-arquitectónico con el gastronómico. Nuestro siguiente protagonista va a hacer las delicias de los más sibaritas y consumados “gourmets”.
Se trata de las lampreas, una especie marina, de agua dulce con cuerpo muy largo, gelatinoso, cilíndrico, muy resbaladizo cuya boca circular en forma de ventosa posee varios círculos concéntricos de dientes de la que le sale una lengua cornea. De esta manera le permite fijarse en el abdomen de sus presas, para rasgar sus tejidos y chuparle la sangre. Eso le ha valido el apodo de “vampiro de los mares”.
¡Waoh con el bicho!
Se pesca entre enero y mayo en los dos grandes ríos que abrazan la comarca desde unas “pesqueras” con arpón o fisga que es una especie de tridente de seis dientes provistas de sierra.
La lamprea es emblemática de Saint-Emilion, Realmente exquisita, su carne es muy apreciada desde época romana. Se puede consumir a modo de pastel o como carne curada, cada región tiene su propia receta. Pero en la zona el plato estrella se guisa en su propia sangre y vino, como no, “Lamprea a Bordelaise”.
Su carne es muy dura por lo que su cocción y preparación toma su tiempo. La lamprea se hierve viva. Después se pasa en agua fría para que el calor no penetre en la carne. Se limpia y la sangre se separa aparte. Se corta en rodajas y guisa con zanahorias, cebollas, puerro, unos taquitos de jamón y grasa de oca. Todo condimentado con sal, pimienta y nuez moscada.
En Saint-Emilion tendrás una oportunidad única para probarla en dos de sus restaurantes más aclamados como son La Table du Parvis situado en 5 Place du Clocher, premiado con 3 estrellas Michelin y Le Logis de la Cadène en 3 Place du Marché au Bois con 1 estrella Michelin. Los precios también son campeonatos.
Para dar a conocer este monstruo prehistórico de físico ingrato se han organizados encuentros y convivencias gastrónomas como la Fiesta de Lamprea que se celebra cada año el último fin de semana del mes de abril. La zona es capital mundial de la lampreas.
¡IGLESIA MONOLÍTICA!
Si hay un monumento fascinante en Saint-Emilion, este es su iglesia monolítica. Su característica de iglesia troglodita la convierte en una obra fuera de lo común haciendo de ella un edificio increíble.
Se trata de la segunda iglesia subterránea más grande de Europa con 12 m. de alto por 38 m. de largo, Es
Cavada en un solo bloque de piedra, es un monolito. Como bien indica la palabra de origen griego, hace referencia a su peculiaridad: “mono” (única) – “lithos” (piedra).
Toda una hazaña increíble llevada a cabo por la comunidad benedictina a su regreso de la Primera Cruzada, de ahí su inspiración en las iglesias paleocristianas de oriente. Los laboriosos monjes tuvieron que extraer millones de bloques de piedras transformando la población en una inmensa cantera que acabarían en la capital de la región, Burdeos. Recordamos que la orden de san Benito tiene como máxima el trabajo por lo que seguramente disfrutaron con el gran esfuerzo. El resultado de tal faraónica obra es la creación de una red de canales subterráneos por la población que suman la friolera cifra de 200 km. Eso sin contar que los medios de la época eran muy rudimentarios.
Su edificación junto a la tumba del evangelizador y Santo Patrono de la ciudad, Saint-Emilion, llegado de la Bretaña en el siglo VIII convirtieron a Saint-Emilion en un importante centro de peregrinaje medieval.
Sobre la iglesia monolítica se erigió la torre campanario que junto a su aguja marcan el punto culminante de Saint-Emilion situado sobre los nada despreciables 68 m. de altura. Esa altura desafiante viene a simbolizar su poder eclesiástico.
Su aspecto a la vez macizo y erguido refleja sus diferentes periodos medievales de construcción. Para alcanzar su cima bastan subir sus 196 escalones.
La iglesia desempeño sus oficios litúrgicos hasta que los monjes tuvieron que abandonar el centro ante los grandes desordenes sociales que estaban sacudiendo el país por la Revolución. Los terrenos se vendieron y la iglesia se convirtió en una polvera. Fue entonces cuando se perdieron todas las esculturas y decoración de su interior de las que no queda prácticamente nada.
Place du Marché
Visitas solo bajo reserva en la oficina de turismo situada en Rue du Clocher
¡VUESTA AL PASADO!
Os propondremos un corto paseo recorriendo los laberínticos y estrechos callejones del pequeño pero coqueto centro histórico pasando por esos lugares que te harán retroceder a su pasado medieval.
Nuestro recorrido empieza en la última casa de pan de madera que queda en Saint-Emilion. Situada en Rue de la Cadène. La Casa de la Cadène como se le conoce por su propietario por su alterna fachada renacentista delatada por toda su decoración de influencia italiana en la parte baja y torreta en la parte alta y por otro fachada propiamente medieval con ese entramado característico de madera. Forma un conjunto arquitectónico con la Casa de la Comandancia que conserva una hermosa escalera de caracol y torre poligonal, situado en la calle Guadet, ambas unidos por un arco sobre elevado.
La calle en bajada es una perfecta postal. Nos lleva hasta una pequeña plaza, des halls, donde se ubicaba el antiguo mercado cubierto de cereales. Vemos sus trazas góticas en sus soportales y también las marcas que permitían colocar unas vigas de madera para proteger el grano del mal tiempo y de algún que otro parásito. Bajo la escalera se encuentra una puerta de madera que daba acceso a las mazmorras donde eran
encerrados los condenados por la justicia. Más tarde por su situación céntrica se usó para las reuniones públicas por parte de la administración pública.
Seguimos bajando un poquito más para llegar a la Place del mercado donde vemos la iglesia monolítica en todo su esplendor junto a la Ermita del Santo a su izquierda que sirvió de santuario a Saint-Emilion.
A la derecha de la iglesia se encuentra quizás la calle más pintoresca. Es la Rue du Tertre, su nombre hace referencia a su pavimento irregular, en pendiente y muy resbaladizo. La balaustrada del centro ayuda a sus peatones a agarrarse y así evitar deslizarse. Toda una prueba de destreza.
Sus adoquines provienen de Inglaterra. Los buques ingleses lastraban sus bodegas con esos cantos para después llenarlas del precioso elixir local o sea el prestigioso vino de Saint-Emilion. los adoquines abandonados en las orillas del río Dordoña serviría después para pavimentar la población.
Tiempo aproximado de vista: unos 45 minutos
¡FUENTES DE PAZ!
La ciudad del vino reboza agua. Te proponemos una parada florida y refrescante, sobre todo en los días de calor, a lo largo de sus callejones de la ciudad baja. Si la ciudad alta era principalmente religiosa. La baja era secular.
La erosión fluvial ha dado forma al paisaje, fluyendo los ríos bajo la roca calcaría perfilando la ciudad como un anfiteatro. Las numerosas fuentes han dado lugar a pozos y fuentes que alimentan tanto a la ciudad alta como a la ciudad baja, en donde sus habitantes llenaban sus cántaros de agua fresca y limpia. El agua siempre emanaba con generosidad acompañada siempre de ese murmullo lleno de quietud.
Dos de esas fuentes fueron acondicionadas como lavaderos en el siglo XIX otorgándoles un nuevo cometido.
La Fuente del Rey, la más grande de las dos, conlleva un frontón decorado con bonitas esculturas. Cubierta, estaba reservada a las lavanderas de los barrios ricos, estando así resguardada en caso de intemperie.
En cuanto a la Fuente de la Plaza, la más pequeña, sin techo al origen, es la que usaba la gente más humilde.
Según cuenta la leyenda, ambas fuentes eran alimentadas por la que se encontraba en la ermita del santo.
Uno de los milagros que se le atribuye a Saint-Emilion es haber desviado el curso de un río desde el valle hasta la cueva donde habitaba. En ella se llenó una fuente a la que se le atribuía poderes milagrosos de curación en las que ciegos recobraban la vista y mudos la voz.
Contrariamente a lo que se piensa, en los lavaderos no se lavaba la ropa, lo que se hacía era enjuagarla ya que necesitan mucha agua. La piedra inclinada en el borde del lavadero permitía arrodillarse para tal tarea. No todo era trabajo, también había tiempo para las risas, cantos y cotilleos. Servía también de animación para el pueblo y los lavaderos se convertían en lugares de encuentros sociales. Imagínate el escándalo entre las voces, los golpes a la ropa mezclados con el propio rumor de la fuente.
“Fontaine du Roi” (Fuente del Rey)
Rue de la Grande Fontaine
“Fontaine de la Place” (Fuente de la Plaza)
Rue de la Petite Fontaine